Llevamos dos años reciclándonos en la tienda con todas las novedades que la IA nos ofrece. Lo curioso de estar en un pueblo (grande, pero pueblo) es muchas de esas cosas que ves en los artículos de Substack, Medium, Twitter, Linkedin, listas de correo, o en algún blog (que como nosotros resisten cual Numancia frente a los romanos) y en libros… es que en demasiadas ocasiones me da la risa tonta: como vamos a conseguir que usen un sistema de automatización en una empresa si ni siquiera conocen los rudimentos más básicos y más simples de la informática personal.
Como de costumbre he puesto el título y he comenzado a hablar de otra cosa. No es un fallo de la IA, porque de momento solo la uso para hacer las imágenes de algunas entradas (como ésta) los textos con todos sus erratas y errores siguen siendo obra de una persona humana. Y por ello en ocasiones me pasa lo de hoy, que quiero hablar de algo, pongo el título y me desvío. Pero esta digresión no me saca mucho del camino, más bien me sirve para introducirme en él.
Si alguien sigue la cuenta en Twitter, ayer estuve en la graduación en la Universidad de uno de mis hijos. La carrera que ha estudiado es eminentemente tecnológica (o eso dice el plan de estudios). Como decía ayer en Twitter no pude evitar comentar alguna barbaridad semántica cometida por el portavoz de los graduados. Pero luego le tocó el turno a los catedráticos, decanos, rectores y profesores que asistían al acto. No conseguían que la imagen de las presentaciones que habían preparado los recién graduados se viese en el proyector del salón de actos. En una de las filas de arriba estaba yo con otro de mis hijos (a punto de graduarse en otra carrera también tecnológica y todavía más digital) que desde el primer momento veíamos claro lo que sucedía: el decano con la ayuda de media docena de profesores no sabía como activar el proyector como segunda pantalla de Windows y lanzar allí la imagen que él si veía en el monitor del PC, pero que el resto de asistentes no veíamos. Mi esposa nos animaba a bajar a resolver el problema… pero estábamos muy lejos. Hasta mi hijo el que se graduaba que me conoce mucho, me lanzó una pulla por la aplicación de mensajería: “Papá tardas mucho en bajar y arreglarlo”.
Esta incidencia de activar la segunda pantalla en un proyector es por desgracia todo un clásico en mi retorno a los estudios universitarios. En mis clases de derecho ya he tenido que pelearme con ella más de media docena de veces con ella. Y eso que en mi Universidad los compañeros de informática han tenido algunas buenas ideas: en el escritorio del PC (por cierto se puede arrancar con Windows y varios sabores de Linux y en todos aparecen esos iconos) hay un par de iconos para o bien configurar la pantalla del proyector en espejo con la pantalla del PC o bien configurarlo como pantallas separadas e incluso que haga solito el test que numera las pantallas y tenerlo claro. Pero así y todo siempre hay algún profesor que se atasca. Pero uno puede ser un poco condescendiente: serán profesores universitarios, pero son de letras y parece que eso les crea alguna dificultad para lidiar con la tecnología; a pesar de que deberían molestarse un poco en aprender algo que tienen que emplear varias veces al día durante muchos meses al año. Pero es una actitud muy generalizada en España: parece que eso de tratar de conocer los rudimentos de alguna tecnología es algo en lo que no deben mancharse las manos los modernos hidalgos universitarios. Eso es para los del CAU o para los conserjes que tienen que venir a resolverlo cada dos por tres.
Sin embargo en la graduación de mi hijo teníamos una mesa formada por profesores de una carrera tecnológica y que existe gracias a los avances en informática y digitalización. Y ahí si que es imperdonable que no dediques un poco de tu tiempo a aprender a manejar tu herramienta básica de trabajo. Que un tecnólogo no es un jurisconsulto. Pero nada, no hay manera. Allí estaban todos pegándose con el pobre PC. Llegaron a aplicar la solución universal: apagaron y reiniciaron el PC tres veces… al final tuvieron que llamar a un conserje. Este en medio minuto activo el modo espejo entre la pantalla del PC y el proyector y problema resuelto.
Pero no iba a quedarse ahí la cosa. Cuando llegó el momento de la entrega de los títulos cambiaron el PowerPoint por otro donde iban pasando diapositivas cada una con el nombre y una imagen del graduado que debía subir al estrado a recoger su titulación. Cuando llevaban cinco estudiantes, al pulsar la flecha de siguiente, alto tocaron en la mesa de profesores que se quedó congelada la imagen en el proyector… y estuvimos 20 minutos esperando que se aclarasen, aunque al final por supuesto tuvo que volver el conserje.
Por cierto que el profesor que presidía la mesa cuando acabó el acto nos tuvo 10 minutos escuchando las excelencias de la calidad de su Universidad. Yo tras mostrar a cientos de personas su pericia con componentes básicos y simples de la tecnología no hubiese hablado de ello. Le recomiendo que se planteen poner en plantilla al conserje que de tecnología y sentido común parece más dotado o incluso ponerlo en la mesa presidencial para la próxima graduación: más vale prevenir que curar.
Llevo unas semana metiéndome en algunas discusiones en redes sociales defendiendo que la enseñanza universitaria española no está tan mal como algunas la pintan… pero tras la experiencia de ayer estoy planteándome si mi postura es correcta.
El único consuelo es que no se trata de un síntoma de algo que afecte solo a los profesores universitarios… sino que como decía en el primer párrafo de la entrada lo observamos diariamente en muchos otros ámbitos y organizaciones ya sean públicas o privada: el desprecio a aprender mínimamente a manejar las herramientas digitales que se usan todos los días para trabajar, estudiar o simplemente divertirnos.